Ninfa Torres

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Ninfa Torres

La nostalgia es tan adictiva como el alcohol, en La borrachita, Tata Nacho nos habla de esa mujer que solitaria recuerda a quien amó. La maestra Ninfa Torres hace el retrato de esa mujer viendo su existencia a través de ese alcohol.

Quote El alcohol manejado en la música mexicana, pues es todo un tema super amplio. Aquí creo que lo plantea como un anestésico de la conciencia o del dolor.

Ninfa Torres es una artista que entiende el dibujo como un espacio de interpretación emocional. Para ella, no se trata solo de ilustrar una canción, sino de entrar en su atmósfera, cuestionarla y traducirla en una imagen. Cuando se enfrentó a “La borrachita” de Tata Nacho, descubrió que no solo estaba ante una melodía nostálgica, sino frente a un personaje complejo que rompía con muchas ideas tradicionales.

El proceso comenzó con la escucha atenta y la lectura de la letra original. Aunque la canción es ampliamente conocida, Ninfa encontró una sorpresa: la voz que habla es la de una mujer. En un repertorio donde el alcohol suele asociarse con figuras masculinas, aquí aparece una campesina que bebe, que siente, que decide. No es una musa idealizada ni una figura lejana, sino alguien atravesado por el trabajo, la migración y la incertidumbre.

Esa voz femenina se sitúa en un México postrevolucionario, marcado por cambios sociales profundos. La borrachita no es ajena a ese contexto: es una mujer que ha vivido la transformación del país, que ha estado cerca del conflicto o de sus consecuencias. El alcohol, en este caso, no es solo un gesto, sino un recurso simbólico: funciona como anestesia, como una forma de adormecer el dolor, la pérdida o el miedo al futuro.

A partir de ahí, Ninfa construyó su interpretación visual. Decidió colocar una botella en primer plano, convirtiéndola en filtro y protagonista. La figura femenina aparece detrás, observando el mundo a través del vidrio, como si la realidad estuviera mediada por el alcohol. La mirada se vuelve el centro: una mirada perdida, dirigida hacia un vaso con una flor seca, símbolo del paso del tiempo, de la melancolía, del abandono.

Pero hay otra mirada: la que se distorsiona en el cristal, la que apunta hacia un lugar incierto. Ese desdoblamiento sugiere dos estados al mismo tiempo: la conciencia del dolor y la evasión. La borrachita no solo está bebida, también está atravesada por la tristeza.

En este proceso, Ninfa recurrió a un recurso constante en su obra: el autorretrato. Utilizó su propio rostro para construir al personaje, no como un gesto narcisista, sino como una forma de explorar lo femenino desde la experiencia propia. Su cara se convierte en un territorio donde habitan distintos arquetipos, una manera de cuestionar qué significa ser mujer, cómo se construye esa imagen y qué tensiones la atraviesan.

El paso del mural, amplio, narrativo, lleno de color, al dibujo en pequeño formato implicó otro reto. Aquí no hay despliegue monumental, sino contención. Menos recursos, pero mayor precisión emocional. Para Ninfa, esta limitación no es una carencia, sino una oportunidad para profundizar en lo esencial: la expresión, el gesto, la atmósfera.

Al final, la obra se convierte en un acto de empatía. No juzga a la borrachita, la acompaña. La observa desde la cercanía, desde la comprensión. Es una interpretación que no solo ilustra una canción, sino que la habita.

Y como toda creación, queda abierta al tiempo. La canción sigue viva en la memoria colectiva, y el dibujo se suma a ese recorrido: una nueva forma de mirar a ese personaje que, entre nostalgia y resistencia, sigue cantando su historia.


Carboncillo y grafito sobre papel de algodón
50 x 30 cm
2025

La borrachita – Tata Nacho

   
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