Felipe Cifuentes

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Esperamos que el ser amado nos busque. El maestro Rodrigo Dávila canta "Dime Ven" buscando esa llamada. El maestro Felipe Cifuentes dibuja ese personaje que imagina esa amante que lo llama y lo busca.

Quote La manera de poder contar caricias era con manos y aquí ya queda sugerido si es parte de su imaginación o si son recuerdos.

Rodrigo Dávila es un compositor que entiende el amor como un territorio de incertidumbre. Para él, las canciones no nacen de certezas, sino de esos momentos ambiguos donde todo está por definirse: miradas, palabras, silencios que insinúan algo, pero nunca lo confirman del todo. En “Dime, ven”, captura precisamente ese instante suspendido en el que el deseo y la duda conviven.

La canción surge desde una experiencia personal: la de enamorarse sin saber si el sentimiento es correspondido. No hay declaraciones contundentes, sino señales sutiles, fragmentos de verdad que se quedan grabados en la memoria. A eso se refiere cuando habla de “palabras inmortales”: no porque el amor lo sea, sino porque ciertos momentos, una frase, un gesto, una insinuación,  permanecen, incluso cuando todo lo demás cambia.

Su proceso creativo parte de la música. Antes de existir como palabras, la canción es una emoción que se construye en acordes y melodías. Rodrigo se sienta al piano o a la guitarra, busca una progresión, deja que la música le sugiera un estado de ánimo. Es ahí donde aparece el tono: luminoso o melancólico. Y solo después, casi como una consecuencia inevitable, llegan las palabras, alineadas con esa atmósfera inicial.

Para Felipe Cifuentes, traducir esa experiencia al dibujo implicó enfrentarse a lo intangible. ¿Cómo representar el amor cuando no es un acto concreto, sino una sensación difusa? La clave la encontró en una imagen sugerida por la propia letra: la idea de ser tocado por alguien que no está, de sentir una presencia que habita entre el recuerdo y la imaginación.

A partir de ahí, construyó su obra con manos. Manos que aparecen, que rozan, que sugieren caricias invisibles. No queda claro si pertenecen al presente o al pasado, si son reales o evocadas. Esa ambigüedad es esencial: la imagen no resuelve, insinúa. Como la canción, se mueve en el terreno de lo incierto.

Felipe añadió además un elemento contemporáneo: el celular. En él se concentran los mensajes, las palabras que se buscan, que se leen y se reinterpretan una y otra vez. Aunque no perteneciera del todo a la época en que fue escrita la canción, funciona como un puente hacia el presente, donde gran parte de estas emociones se viven a través de pantallas. El amor, en este sentido, también se vuelve digital: fragmentado, mediado, a veces incompleto.

El contraste entre lo efímero y lo inmortal atraviesa tanto la canción como la imagen. El amor cambia, se transforma, incluso puede desaparecer, pero ciertos instantes permanecen. Son esos destellos los que construyen la memoria emocional, los que se repiten internamente como ecos.

En el diálogo entre ambos creadores también aparece una diferencia en sus procesos. Rodrigo necesita provocar la inspiración: sentarse, tocar, insistir hasta que algo emerge. Para él, la creación es un ejercicio, un músculo que se entrena. Felipe, en cambio, recibe imágenes de forma más inmediata. Las ideas llegan como destellos visuales, que luego se pulen, se ajustan, se convierten en obra.

Sin embargo, ambos coinciden en algo esencial: la creación no es un accidente, sino un encuentro. Un momento en el que la emoción encuentra forma, ya sea en sonido o en imagen. Y en ese sentido, “Dime, ven” no solo es una canción o un dibujo, sino una invitación constante: a la inspiración, al amor, a aquello que está por revelarse.


Grafito sobre papel
50 x 30 cm
2025

Dime ven – Rodrigo Dávila

   
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