Armando Romero

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La primer niña fresa de la historia fue la infanta margarita retratada por el genio de Diego de Velázquez. El maestro Armando Romero la recrea con su helado y sus caprichos, el maestro Ze Luis la define con su canción Niña Fresa. La eterna niña del arte.

Quote Desde niño veía libros este de arte porque mi padre era escultor, entonces tenía libros de arte y después córrele a ver la televisión, las caricaturas. Entonces, yo creo que es como meterlo en una licuadora y vaciarlo.

Armando Romero es un dibujante que trabaja desde la fusión: su trazo no solo representa, sino que conecta tiempos, lenguajes y universos visuales. Para él, la pintura es un espacio de experimentación donde la historia del arte y la cultura popular dialogan constantemente. Cuando se enfrentó a la canción “La niña fresa” del maestro Ze Luis, entendió que no bastaba con ilustrar a un personaje caprichoso; había que encontrar su equivalente simbólico en la historia de las imágenes.

El proceso comenzó con una asociación inesperada. La “niña fresa”, con su carácter exigente, su mundo girando a su alrededor y su capacidad de generar caos, encontró eco en la figura de la infanta Margarita, retratada en Las meninas de Velázquez. “Se me ocurrió que era la primera niña fresa”, explica Romero. A partir de ahí, el dibujo se construyó como una escena donde ese temperamento se vuelve visible: el desorden, los caprichos y la tensión que provoca en quienes la rodean.

“¿Qué es lo que quiere la nena? ¿Qué va a pedir la princesa?”

Romero llevó ese deseo al centro de la imagen mediante un elemento clave: el bananasplit. Más que un objeto, funciona como símbolo del capricho. Lo representa con un tratamiento distinto, casi como un sticker o un grabado antiguo dentro de un globo de diálogo, enfatizando su carácter pop y su distancia con el resto de la composición. Ese contraste no es casual: responde a su interés por jugar con distintos niveles de realidad dentro de una misma obra.

Su lenguaje nace de una mezcla personal. Desde niño estuvo rodeado de libros de arte por la influencia de su padre escultor y, al mismo tiempo, de caricaturas, cómics y cultura urbana. “Es como meter todo en una licuadora y vaciarlo”, dice. De ahí surge una pintura donde pueden convivir Velázquez con los Pitufos, o un monje barroco con objetos cotidianos, sin perder coherencia.

El escenario que construye tiene algo de teatral: una composición cuidadosamente equilibrada donde cada elemento cumple una función. El caos que rodea a la figura central no es desorden gratuito, sino parte del ritmo visual, equivalente al ritmo musical de la canción.

“Lo que hago es un laboratorio de imágenes”, explica. En ese laboratorio, las imágenes no desaparecen, sino que se transforman y dialogan entre sí. Por eso figuras de hace cinco siglos siguen vigentes, conviviendo con símbolos contemporáneos.

La obra es también un juego. Un ejercicio que rompe la solemnidad del arte clásico sin perder su rigor técnico. Como en la música, Romero entiende la pintura en términos de ritmo, armonía y composición, pero permite que el humor y la intuición guíen el resultado. Su interpretación logra capturar la esencia de la canción: no solo describe a la “niña fresa”, sino que la sitúa en una línea continua de imágenes que atraviesan el tiempo, como si ese personaje hubiera estado siempre ahí, esperando ser nombrado.

Obra (Tecnica - Medidas - año - Nombre de la obra

Grafito, carbón y collage sobre papel
50 x 30 cm
2025

La niña fresa – Ze Luis

   
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