Jorge Obregón

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Jorge Obregón

"Sobre las olas" el eterno vals del maestro Juventino Rosas nos llena de nostalgia y de la cadencia del baile. El maestro Jorge Obregón dibuja el movimiento del mar que es danza y música al mismo tiempo.

Quote A partir de esa inspiración, de estos ritmos, de estos compases y del tempo del vals, inspirarme a partir de la sensación de cuando uno se mete al mar.

Jorge Obregón es un artista que observa el mundo como si cada fenómeno natural tuviera un pulso interno. Su pintura no busca fijar un instante, sino traducir una experiencia corporal: aquello que permanece en el cuerpo después de haber estado ahí. Por eso, cuando se enfrentó al vals “Sobre las olas” de Juventino Rosas, entendió que no podía ilustrar una melodía sin palabras; tenía que sentirla.

La pieza de Rosas, compuesta a los 17 años, nace de un gesto mínimo: un joven con un violín rudimentario, observando a su amada a la orilla de un arroyo. No hay mar en su origen, sino un movimiento pequeño, doméstico, casi íntimo: el agua desplazándose entre las manos. Sin embargo, en esa oscilación ya estaba contenido todo. El ritmo. La cadencia. El germen del vals.

Para Jorge Obregón, ese fue el punto de partida: comprender que el movimiento no necesita grandeza para existir. El vals, con su compás de tres tiempos, no es otra cosa que un vaivén constante. Un giro que se repite hasta instalarse en el cuerpo.

“Lo que me interesaba no era la imagen, sino la sensación”, podría resumirse en su proceso.

En lugar de acudir a la narrativa posterior, la del mar tormentoso o las versiones cantadas,  decidió volver a lo esencial: el ritmo. Escuchó la pieza como quien escucha una respiración. Y a partir de ahí, construyó una traducción visual que no describe, sino que sugiere.

El mar aparece, pero no como escenario literal, sino como equivalencia sensorial. Las olas no son olas específicas, sino la memoria del oleaje: esa sensación que permanece en el cuerpo después de haber estado dentro del agua. Lo mismo ocurre con el vals: quien lo baila no solo ejecuta pasos, queda habitado por su movimiento.

La técnica refuerza esta idea. La tinta fluye sobre el papel como el agua misma. No hay rigidez en la línea, sino desplazamiento. El trazo no impone, acompaña. Hay una economía de elementos: un horizonte, una barca apenas insinuada, una atmósfera que oscila entre lo calmo y lo incierto.

En esa decisión también hay una postura: evitar lo espectacular. A diferencia de la famosa ola monumental del arte japonés, aquí el mar es contenido, rítmico, casi meditativo. Porque el vals no irrumpe: envuelve.

Jorge Obregón trabaja desde la experiencia directa del paisaje. Está acostumbrado a salir, a observar, a dibujar en movimiento. Pero en este caso hizo algo distinto: recurrió a la memoria. Revisó apuntes, cerró el cuaderno y dejó que la música reorganizara esas imágenes. Lo que aparece en la obra no es lo que vio, sino lo que quedó.

Y ahí se conecta con Juventino Rosas: ambos construyen desde la carencia. Uno, sin haber visto el mar; el otro, sin tenerlo enfrente. Y sin embargo, los dos logran capturar su esencia.

El vals, como el oleaje, tiene una cualidad persistente: continúa incluso cuando termina. Se queda en el cuerpo, en el oído interno, en la memoria física del movimiento. Esa es la verdadera materia de la obra.

Lo que propone Jorge Obregón no es una imagen del mar, sino una experiencia: la de estar siendo movido por algo que no controlas del todo. Como el agua. Como la música. Como el recuerdo de un amor joven a la orilla de un arroyo que, sin saberlo, terminaría convertido en un símbolo.


Tinta japonesa sobre papel
30 x 50 cm
2025

Sobre las olas – Juventino Rosas

   
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